Un viaje al pasado de la costa bretona

A una hora aproximadamente de Plouescat encontramos uno de los imprescindibles de Bretaña, la Pointe Saint-Mathieu, con su faro del XIX junto a las ruinas de una abadía medieval.

Le Conquet

El día se había despertado soleado y sereno, con el viento bastante calmado. Un tiempo ideal para recorrer la costa, que ese día iba a ser en la región de Brest. El primer destino: Le Conquet, precioso pueblo pesquero por el que vale la pena pasear con calma. Si el tiempo acompaña, desde su puerto salen varios tours para ver el litoral y la fauna marina de la zona.

Además de por su litoral, salpicado de barcas fondeadas alrededor de la bahía, vale la pena recorrer algunas de sus calles. Especialmente el paseo que va de la Oficina de Turismo hasta la Rue Poncelin, subiendo también por ésta. En su recorrido encontrarás varias tiendas y restaurantes, algunos con mesas en la calle donde beber y picar algo. Desde esta misma calle parte un paseo adoquinado que lleva a la ría que se adentra hasta kilómetros adentro.

Edificio de piedra vista en la Rue Poncelin
Crepería al principio de la Rue Poncelin
Barcas fondeadas en una ría en Bretaña
La ría en Le Conquet
Edificio de piedra en blanco y negrp
Casas en Le Conquet

Un faro junto a una antigua abadía

Dejamos Le Conquet para dirigirnos hacia La Pointe Saint-Mathieu, a tan solo 9 minutos de allí. En la punta te encuentras con unos acantilados de unos 20 metros de altura cuyo protagonista es un faro rojo y blanco junto a las ruinas de una abadía medieval. El contraste entre todos los elementos no podría ser más pintoresco.

Cerca del faro parte una ruta panorámica circular de unas 2,5 horas que bordea los acantilados y vuelve por los campos del interior. Nosotros la seguimos en su primer tramo para ver el faro de lejos y la estampa de la punta al completo.

Faro y antigua abadía junto a acantilado
Faro y ruinas de una iglesia abacial en la Pointe Saint-Mathieu
Cielo azul salpicado de nubes blancas de foto
Un cielo azul salpicado de nubes de foto

Las ruinas de la iglesia abacial que se encuentran junto al faro corresponden a una construcción que empezó a levantarse a partir del siglo XI. Junto a otros edificios formó parte del monasterio que funcionó allí durante la Edad Media. Antes de la construcción del faro en el siglo XIX, desde su torre de vigilancia se mantenía un fuego encendido en su punto más alto para servir a los marineros de guía.

Con la construcción del nuevo faro se derribaron dos capillas de la antigua iglesia. Podrían haber movido el faro unos metros, pero en el XIX quizá se consideró que como la abadía llevaba más de 100 años abandonada, y casi todos los edificios del monasterio habían sido destruidos, ya no servía de nada.

Eso sí, esa decisión creó un contraste curioso, al encontrarse el nuevo faro en medio de lo que había sido el monasterio.

Ruinas de la iglesia abacial en la Pointe Saint-Mathieu
Ruinas de la iglesia abacial
El Jardín Monástico

Antes de seguir nuestra ruta buscamos un lugar apropiado resguardado del viento donde comer los sandwiches que llevamos en el coche. Un sitio ideal es el emplazamiento del antiguo jardín del monasterio. Para protegerlo de las inclemencias del tiempo, donde el aire tiene una gran intensidad durante todo el año, lo rodearon de amplias murallas, que a día de hoy han sido restauradas. Los jardines monásticos eran principalmente utilitarios, donde se cultivaban plantas culinarias, medicinales y árboles frutales. También tenían zona de huerta. Sería similar, pero a lo grande, al jardín medieval que habíamos visitado en Joselin.

Meneham

Después de comer algo nos ponemos en marcha para dirigirnos a Meneham, un pequeño emplazamiento que toca al mar y tiene su origen en el siglo XVII.

La aldea de Meneham, con sus casitas restauradas y la historia que comparten con el visitante son un lugar interesante, pero lo mejor de este sitio son sus aguas azules y cristalinas. Nada como acercarse a la orilla y adentrarse un poco en el agua. Lo curioso es que, aunque el baño no estaba prohibido, nadie estaba nadando de esas aguas de película. Creo que si en ese momento hubiera ido preparada con el bañador no me podría haber resistido. O al menos eso creo, porque como primera impresión el agua no estaba tan fría 🙂

Costa junto a la aldea de Meneham
Costa junto a la aldea de Meneham
Aguas increíblemente cristalinas en Meneham
Aguas increíblemente cristalinas en Meneham
Dentro del agua en Meneham.
Dentro del agua en Meneham.

En cuanto al antiguo pueblo en sí, el primer edificio miraba al mar, y fue el puesto de guardia. En su origen alojaba a milicianos reclutados en la parroquia de Kerlouan, y más tarde también a aduaneros.

Hacia mediados del siglo XIX se edificaron las primeras casas para alquilarlas a campesinos. Pero dado que las dificultades del terreno no favorecían la vida agrícola, sus habitantes se centraron en la pesca costera y la recogida del alga goemon. El principal producto de pesca eran los crustáceos. Y en cuanto a la recogida de algas, toda la familia tomaba parte en su recogida, secado y quema en hornos. El resultado eran panes de sosa, que se transportaban a Plouescat para fabricar sosa, yodo y sales potásicas.

El cierre de las casas en 1977 marcará el final de una época para Meneham. Hoy el pueblo se ha restaurado y abre las puertas a los visitantes. El antiguo cuartel hoy acoge a artistas y artesanos, a algunos de los cuales podrás ver trabajar in situ. También hay un albergue para quién quiera dormir en el pueblo y una taberna bistrot con productos locales. Además de un museo que deja testimonio de la vida cotidiana en la época, han restaurado un horno de pan a imagen del original. El día que visitamos la aldea había una parada fuera del horno donde se vendían elaboraciones que tenían una pinta exquisita.

Casas restauradas en Meneham
Casas restauradas en Meneham

Después de la visita a Meneham dábamos por acabado el día y volvíamos a nuestro alojamiento a preparar una apetitosa cena. El día siguiente íbamos a dedicarlo a visitar la Côte de Granit Rose.

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